domingo, 10 de diciembre de 2017

Una manera de maquinar el cuerpo de Charize


 
 Sobre los pechos de una dama descanso mi cabeza. Siento sus latidos: álgidos y confusos. Nada fluye en ese instante salvo palabras y nombres. Desde la profundidad del musculo mediático surge una caricia capaz de colapsar el hipocampo. Adagio: va por la destrucción, neurona a neurona fluye la melodía que hizo pintar a Burne-Jones.

En una mesa, desparramada, las vísceras de las vírgenes eran unidas a cinceladas. Brocado a brocado se establecía la figura de Artemisa.  Un óleo fue investido de sangre  y en una estampa, corroído, famélicos lienzos se aventuraban a darles la cara al mundo.

 Virtuosos los disfraces de grave acaecimiento, que cuelgan en sus espaldas las paredes mojadas, es un adiós contra la piel desdeñándose, contra la lengua traslúcida, contra la turba que emana el papel más importante de los no mortales: con la mirada en alto hasta convertirse en el trapo inútil que celosamente custodia el centinela.