Sobre los pechos de una dama descanso mi cabeza. Siento sus latidos: álgidos y confusos. Nada fluye en ese instante salvo palabras y nombres. Desde la profundidad del musculo mediático surge una caricia capaz de colapsar el hipocampo. Adagio: va por la destrucción, neurona a neurona fluye la melodía que hizo pintar a Burne-Jones.
En una mesa, desparramada, las vísceras de las vírgenes eran
unidas a cinceladas. Brocado a brocado se establecía la figura de
Artemisa. Un óleo fue investido de
sangre y en una estampa, corroído,
famélicos lienzos se aventuraban a darles la cara al mundo.
Virtuosos los
disfraces de grave acaecimiento, que cuelgan en sus espaldas las paredes
mojadas, es un adiós contra la piel desdeñándose, contra la lengua traslúcida,
contra la turba que emana el papel más importante de los no mortales: con la
mirada en alto hasta convertirse en el trapo inútil que celosamente custodia el
centinela.
